La inquietante guerra de los drones

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Los drones, esos aviones no tripulados que en pocos años han pasado de inofensivos ojos sobre el territorio enemigo a mortíferas armas de ataque selectivo, están cambiando dramática e insospechadamente la naturaleza de las guerras.

El artículo Do Drones Undermine Democracy? del think-tank estadounidense Brooking Institution advierte de la pérdida del control democrático sobre la guerra. Y esto está sucediendo durante la Administración Obama, no en la anterior de Bush, Cheney y Rumsfeld.

Pero los últimos modelos de drones están introduciendo un factor aun más inquietante. El artículo New drone has no pilot anywhere, so who's accountable? de Los Angeles Times muestra un prototipo que es capaz de actuar de manera autónoma sin que haya ninguna persona al mando. Es decir, ordenadores tomando decisiones que pueden suponer la muerte de decenas de personas sin ningún tipo de control humano.

Sospecho que, sin apenas ser conscientes de ello, estamos traspasando líneas rojas y entrando en un escenario que puede acarrear consecuencias insospechadas y tremendamente inquietantes.

La verdadera responsable de la crisis

Mensaje inquietante y claro el que nos transmite el historiador Santos Julia en su tribuna de opinión Políticos y profesionales en ElPais.com: es la política, y no la banca o los mercados, la responsable de la profunda crisis actual.

Políticos y profesionales

Los llaman tecnócratas, pero son en realidad profesionales cualificados, gentes que han desempeñado altos cargos en entidades financieras públicas o privadas y que, ante la magnitud de la crisis, han sido llamados a ocupar posiciones de poder político en sus respectivos Estados, alcanzando en Grecia y en Italia la presidencia del Gobierno y aquí, en España, el ministerio de Economía. El veredicto ha sido contundente: dando la espalda a la voluntad de los ciudadanos, la tecnocracia ha sustituido a la política, o, por decirlo como nuestro tecnócrata por antonomasia, Laureano López Rodó, los profesionales de la política sustituidos por la política de los profesionales: una prueba más de la herencia franquista que contaminará hasta el fin de los tiempos a esta democracia deficitaria.

¿De verdad han ocurrido así las cosas? ¿De verdad que por haber llamado a expertos en finanzas hemos caído en un estado de excepción económica? Curiosamente, en España, la impresión, antes de la crisis, era más bien la contraria: que la política, o los políticos habían colonizado espacios de la sociedad civil y de la Administración civil del Estado que no les correspondían; y que desde el control de esos espacios habían politizado instituciones clave del Estado de derecho como el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial, o medios de comunicación como las televisiones autonómicas, o servicios públicos, como hospitales y escuelas, por no hablar de teatros, auditorios, museos nacionales y otras sinecuras y bagatelas de nuestro peculiar spoil system.

 

También las finanzas. Es pronto para olvidar que la mitad del sistema financiero español lo constituían, hasta la crisis, las Cajas de Ahorros y que sus Consejos de Administración estaban fuertemente condicionados por los políticos. Las Cajas servían a las políticas de los Gobiernos de sus respectivas Comunidades Autónomas, sin sentirse atadas por consideraciones técnicas en cuestiones como préstamos a particulares o a partidos. De hecho, los poderes locales y regionales consolidados en los últimos 30 años han crecido a la sombra de las Cajas, siempre dispuestas a echar el resto en envites faraónicos, desde aeropuertos a grandes urbanizaciones, por no hablar de la corrupción subyacente, que encontraba en la composición de sus Consejos de Administración su mejor caldo de cultivo. Sin la política crediticia incentivada por los políticos, la burbuja inmobiliaria no habría alcanzado ni la mitad de su insoportable volumen y quizá no lamentaríamos hoy la vandálica destrucción del litoral mediterráneo.

De manera que sería menester un poco de tranquilidad respecto a los estados de excepción de los que, al parecer, estos profesionales son los heraldos. La relación mercado / Estado es tan vieja como el Estado mismo que, desde su origen, ha alimentado sentimientos de amor y odio hacia los banqueros. Cuenta Carlo Cipolla que Felipe II se subía por las paredes cuando recibía, de los banqueros genoveses, los balances de sus deudas, en ocasiones más del 50% del importe del préstamo, concedido al 15% de interés. No le entraba en la cabeza a don Felipe "esto de los cambios e intereses", pero los banqueros eran intratables: o pagaba el interés más el riesgo añadido, o cortaban el chorro de oro. Al fin, el monarca, tras esquilmar a sus súbditos, se declaraba en bancarrota, forma habitual de renegociar su deuda.

Mucho han cambiado el Estado y la banca desde aquellos tiempos, pero algo continúa hoy como ayer: finanzas, mercados, o sea, capitalismo, más globalización, están aquí para quedarse. La cuestión no consiste en que profesionales de las finanzas ocupen posiciones reservadas a los políticos, sino en que los políticos se conduzcan, cuando de ingresos y gastos públicos se trata, como auténticos profesionales. Cuando el déficit crece, como en España, de un 34% a un 66% del PIB en tres años, lo que hay que cambiar es de política; y cuando los políticos asisten impávidos a un desbocado endeudamiento privado o lo fomentan con incentivos fiscales hasta magnitudes que superan cinco veces el PIB, lo urgente no es prescindir de los banqueros que aprovechan la ocasión para enriquecerse; lo urgente es cambiar de política, justamente para impedir que los banqueros se forren repartiendo créditos que expolian a sus desprevenidos clientes de sus ahorros y sus viviendas.

En esta crisis de nunca acabar han sido tan determinantes las políticas gubernativas y las instituciones reguladoras como las familias, las empresas y las entidades financieras del sector privado. Por eso, es inútil reclamar más política, menos mercado. En los sistemas capitalistas, las crisis financieras siempre tienen raíces políticas; no por nada, la tríada que va de Marx a Mao pasando por Lenin daba por seguro que el derrumbe del capital arrastraría el fin del Estado. Pero como el futuro, tras ese doble derrumbe, es el presente visible en las exequias del déspota coreano, será mejor aplicar las energías a la reparación del sistema; y para eso no sobrará la contribución de profesionales, a condición, claro está, de que los políticos no renuncien a lo que le es propio dejándose embaucar por la lógica de los mercados, como ha ocurrido con nuestros socialdemócratas mientras se bañaban en las plácidas aguas del republicanismo cívico.

 

Las esperanzas racionales de Gabriel Jackson y la economía cooperativa

Las esperanzas racionales para un futuro mejor - Gabriel Jackson en ElPais.com

Por naturaleza soy bastante optimista, pero la primera década del siglo XXI ha puesto enormemente a prueba esa tendencia natural. El secuestro en 2000 de las elecciones presidenciales estadounidenses por parte del Tribunal Supremo, supuesto garante del orden constitucional en Estados Unidos; el crimen contra la humanidad del 11 de septiembre de 2011, que cometieron unos terroristas islamistas; la invasión de Irak, amparada en ideas completamente equivocadas sobre la responsabilidad de ese país en los atentados y sobre su supuesto arsenal de "armas de destrucción masiva"; la negativa a tomar medidas de relevancia para minimizar el cambio climático o la decidida eliminación por parte de Wall Street y de los funcionarios del Gobierno federal de los necesarios controles a la especulación introducidos por el New Deal en la década de 1930, son solo algunos de los fenómenos que, por decirlo de forma suave, me han hecho dudar de las motivaciones y mecanismos mentales de nuestros dirigentes políticos.

El 15 de diciembre pasado apareció en The New York Times un artículo que me llevó a contemplar el futuro de la raza humana con un ligero optimismo. Se titulaba ¡Trabajadores-propietarios de Estados Unidos, uníos!, y su autor, Gar Alperovitz, es profesor de Economía Política en la Universidad de Maryland. No le conozco personalmente, pero hace tiempo que le admiro, por haber publicado en 1995 The decision to use the atomic bomb [La decisión de utilizar la bomba atómica] un estudio muy documentado, que no solo demostraba el peso de los deseos de venganza por el ataque contra Pearl Harbor y la necesidad de salvar vidas de estadounidenses, haciendo innecesaria una invasión terrestre de Japón, sino que también explicitaba las motivaciones y consejos de los muchos científicos, militares y políticos que estaban a favor de lanzar la bomba en una zona poco poblada para demostrar a los japoneses el increíble poder de destrucción de la nueva arma sin necesidad de acabar con la vida de decenas de miles de personas inocentes.

El artículo del profesor Alperovitz en The New York Times evalúa la importancia de varias tendencias políticas de los últimos años que prácticamente nadie ha mencionado mientras el debate público se centraba en los planes de austeridad, la recapitalización bancaria, las ventajas y desventajas de recuperar las leyes reguladoras que mantuvieron las tácticas de Wall Street en niveles relativamente honrados entre 1940 y 1980, las considerables reducciones de las políticas de bienestar aplicadas después de la II Guerra Mundial en los países más desarrollados, y las políticas financieras de las grandes potencias y de la Unión Europea.

A continuación figuran algunos de los datos económicos e ideológicos que el profesor Alperovitz evalúa. En torno a 30 millones de adultos estadounidenses (de un total de 311 millones de habitantes) son copropietarios de empresas del tercer sector o de cooperativas de crédito. "Más de 13 millones de estadounidenses se han convertido en trabajadores-propietarios de más de 11.000 empresas pertenecientes a sus empleados, seis millones más del total de afiliados a sindicatos del sector privado". En la Cleveland actual, una ciudad muy afectada por la decadencia de la industria metalúrgica de EE UU a finales del siglo XX, existe "un grupo integrado de empresas cooperativas, que en parte se mantiene por la capacidad de compra de grandes hospitales y universidades, lleva la voz cantante en la instalación local de paneles de energía solar, así como en la organización de servicios de lavandería verde y de un invernadero hidropónico de uso comercial, capaz de producir más de 13 millones de lechugas al año".

Muchos Gobiernos municipales y estatales están invirtiendo en nuevos negocios locales y adquiriendo parte de los mismos. En la actualidad, unos 14 Estados están barajando seguir el ejemplo de Dakota del Norte, que gestiona eficazmente un banco público, lo cual permite a los empresarios solicitar créditos en su entorno, sin tener que recurrir a entidades lejanas y controladas por Wall Street. El autor añade también que unos 15 Estados están pensando organizar "algún tipo de sistema sanitario centralizado o de sanidad pública".

A la luz de los ejemplos concretos que da el artículo, queda claro que en realidad solo una parte muy pequeña de la economía estadounidense utiliza las técnicas de gestión cooperativa, alabadas por el autor, que se basan en que el trabajador también sea propietario de su empresa. Por otra parte, creo que aplicar diversos planes de asistencia sanitaria centralizada en varios de los 50 Estados norteamericanos sería una pesadilla para los ciudadanos que se trasladaran de uno a otro. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, la introducción de planes estatales independientes sí podría ser útil para proporcionar unos pocos años de experiencia con normas diferentes, lo cual podría ayudarnos a decidir qué características son preferibles para un plan sanitario federal o nacional. Además, un plan de atención sanitaria centralizado para todo el país solo será viable cuando los estadounidenses superen, tanto los ridículos prejuicios que dictan que la gestión privada siempre es mejor que la pública como la disposición a preguntarse siquiera por qué en las últimas décadas las estadísticas sanitarias de muchos países con sistemas de salud nacionales son mejores que las estadounidenses.

En sus conclusiones provisionales, el profesor Alperovitz escribe que "aunque hace tiempo que la población estadounidense es partidaria del modelo capitalista, puede que eso también esté cambiando. En 2009, una encuesta Rasmussen indicó que los estadounidenses menores de 30 años estaban "divididos en dos mitades equiparables" en lo tocante a si preferían el capitalismo o el socialismo". Esta referencia me parece desconcertante, porque la encuesta Rasmussen, que donde más se cita es en los noticiarios de la conservadora cadena Fox, ha sido criticada por muchas otras empresas demoscópicas, que la acusan de exagerar los porcentajes de sentimiento partidista republicano entre la población de EE UU.

Sin embargo, es bastante posible que desde el punto de vista de Rasmussen sea importante advertir a los amos capitalistas de que, en proporción, los adultos jóvenes no son tan antisocialistas como sus padres. Cuando el imperio soviético se derrumbó entre 1989 y 1990, afortunadamente sin mucha violencia, los intelectuales conservadores de Estados Unidos celebraron "el fin de la historia", queriendo decir que la derrota soviética en la guerra fría demostraba que el capitalismo era el único modelo de desarrollo político-económico exitoso y que, con ligeras modificaciones, serviría de patrón principal para el conjunto del futuro humano.

No obstante, por desgracia, quienes dominaban la política estadounidense y británica en la década de 1990 no incluyeron entre sus ejemplos de modelos de futuro exitosos los de los países escandinavos. En su opinión, el Estado de bienestar había sido necesario para combatir los supuestos atractivos del modelo soviético. Cuando este fracasó de forma espectacular y total, pensaron que había llegado el momento de reducir los servicios sociales introducidos en sus países después de la II Guerra Mundial.

Yo creo que lo que el mundo necesita es una combinación flexible, que conjugue el capitalismo regulado que ejemplifica el New Deal estadounidense con los servicios sociales de los que curiosamente fue pionera la Alemania imperial de finales del siglo XIX y que los Gobiernos escandinavos del siglo XX desarrollaron, convirtiéndolos en norma. Hoy en día, y todavía más en el futuro próximo, el hecho de que la población mundial crezca con rapidez hace absolutamente necesario algún tipo de planificación a escala mundial para la utilización de unos recursos naturales limitados y para controlar de algún modo el cambio climático. También necesitamos desarrollar a escala internacional la economía cooperativa que el profesor Alperovitz nos dice que está aumentando en Estados Unidos con la intención de superar el desastre económico de 2008. Es una conjunción de elementos en modo alguno fácil, pero sí necesaria.

 

Gabriel Jackson es historiador. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

El mejor artículo que he leído sobre la muerte de Steve Jobs

Sin duda, éste de Antonio Caño para El País es el mejor artículo, entre tantos, que he leído sobre la desaparición de Steve Jobs. Aquí van algunos extractos. 

La desaparición de Steve Jobs es para Estados Unidos una pérdida nacional cuyo único antecedente comparable es el de John Kennedy, por la emoción que ha generado y su trascendencia universal.

Jobs no trabajaba para obtener beneficios y tener satisfechos a sus accionistas; Jobs trabajaba para demostrar que era capaz de convertir sus visiones en realidad.

Jobs no va a pasar a la historia porque sus productos fueron un éxito comercial, que lo fueron, sino porque hicieron felices a la gente.

Como ha recordado el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, un amigo de Jobs, esta crisis es el fruto de la codicia de empresas que, en lugar de cumplir con su función de prestar y contribuir a crear riqueza, "se dedicaron a hacer dinero fácil con derivados y otros mecanismos incomprensibles". Jobs es la otra cara de ese capitalismo. Jobs es lo contrario de Lehman Brothers, Goldman Sachs y todas esas firmas que dominaban o siguen dominando el arte de hacer fortunas de la nada, sin generar algo tangible que lo justifique. Quizá por esa razón, mientras los ejecutivos de esas compañías han tenido que tomar medidas de seguridad para protegerse de las iras de la población irritada, Jobs muere como un héroe popular.

"Jobs hizo lo que un consejero delegado debería hacer: contrató e inspiró a grandes personas, dirigió con la vista puesta a largo plazo, no a la evolución de las acciones en el próximo trimestre, hizo grandes apuestas y tomó grandes riesgos. Jobs insistió en productos de alta calidad y en construir cosas que dieran satisfacción y poder a quienes las compraban, no a los intermediarios o a sus directivos. Como a él le gustaba decir, vivía a medio camino entre la tecnología y el arte", ha recordado Walter Mossberg, el especialista del diario The Wall Street Journal.

Jobs es uno de esos genios que despreció el saber institucional de las escuelas de negocios.

Jobs y su obra han hecho más por la imagen y el poder norteamericanos que miles de políticos, diplomáticos o generales.

Jobs no era un político ni hizo nunca política. Simpatizaba con causas progresistas, como la defensa del medio ambiente, y llegó a hacer a amistad con Obama, como decíamos, o con el exvicepresidente Al Gore, a quien sumó a su consejo de administración. Pero no eran los políticos los que hacían fuerte al empresario, como ocurre en otras circunstancias y en otros países. Era Jobs, con su presencia, quien le daba poder a los políticos, un hecho insólito en una democracia. La sola participación de Jobs en un proyecto era la garantía de la solvencia de ese proyecto. Jobs contribuyó a hacer de Obama un político creíble.

Es muy improbable que algunos de quienes les sucedan al frente de Apple alcancen algún día semejante influencia. La empresa seguramente sobrevivirá, pero la leyenda en torno a ella muere con Jobs.

Perlas sabinianas

Sigo teniendo alma de puta, pero ya no ejerzo, estoy a punto de ser madame y tener unas pupilas en plantilla.

Por miles de libros que uno lea los referentes siempre están en lo que uno lea con dieciocho o veinte años.

Nunca he tomado grandes decisiones. Me he podido permitir ese lujo.

La gente solo ve la caricatura del gilipollas del bombín.

Tiendo a la vaguería más absoluta, pero no feliz, sino torturada porque me acuso de no estar trabajando.

[¿No tiene miedo a sentarse en ese sillón y esperar a la muerte?] Preferiría acelerarla por los medios que fueran.

Soy incapaz de desarrollar alguna costumbre, algo que me parece rarísimo, y me hace sufrir, porque la vida un poco más ordenada parece ser que es mejor.

[¿Sigue sin tener móvil, ni internet?] Ni móvil, ni inmóvil

[Internet] Es un mundo que cabe lo mejor y lo peor, pero es que lo peor tiene mucho más tiempo para meterse ahí.

Despues de Noruega‪, merece recordarlo una vez más: Una breve historia de la violencia por Steven Pinker

Eduard Punset (http://www.eduardpunset.es/wp-content/uploads/2011/07/201108_muy.pdf) resume perfectamente la charla y el mensaje de Steven Pinker "Vivimos en un mundo cada vez más empático. Y por eso están abocados al fracaso aquellos que siguen defendiendo y practicando la violencia"

Las dos fases del trabajo creativo según Stephen M. Kosslyn

Aplicar conocimientos al trabajo creativo requiere un gran esfuerzo, y dudo que podamos hacerlo mientras trabajamos en un texto o un gráfico. Por eso, en cualquier proyecto debe haber dos fases: la creativa, rápida, intuitiva, automática, en la que uno genera el producto, y la crítica, en la que nos paramos, editamos, filtramos los contenidos y la forma de presentarlos. Esto dobla la cantidad de energía que necesitaremos invertir, y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo porque confían demasiado en sus intuiciones. Creen, erróneamente, haber internalizado sus conocimientos hasta el punto de que estos se han vuelto automáticos.

Es simplemente un extracto de la entrevista que publica El País a Stephen M. Kosslyn, una autoridad en materia de psicología cognitiva.

Un parecido auténtico

Curiosas paradojas. Al día siguiente de que Dinamarca cierre unilateralmente su frontera con Europa, rompiendo en la práctica el acuerdo de Schengen, me llega una newsletter del Copenhagen Institute for Futures Studies comunicándome su participación en el recientemente celebrado Global Migration Futures Workshop e invitándome al evento EUROCONSTRUCT que tendrá lugar este mes en Helsinki. Me imagino que dinamizado por los finlandeses más auténticos y divertidos.

Sabido es que el mundo de las ideas y el mundo real caminan frecuentemente por sendas diferentes. E incluso muchas veces es necesario que así sea para mantener vivas la utopía y la esperanza. Pero cuesta quitarse de la cabeza la idea de que nuestros avanzados y civilizados eurovecinos del norte, no tienen ningún pudor en mantener un saludable doble rasero, una cierta esquizofrenia que les permite a la vez dar carnaza y disimular esa fiera que tanto ellos como nosotros llevamos en el interior. La fiera que podríamos llamar de la autenticidad, ya sea ésta danesa, finlandesa, vasca o española. Y es que, en lo más auténtico, somos bastante parecidos.

Slavoj Žižek: El filósofo de la anarquía

Muchas perlas en la entrevista a Slavoj Žižek que publica hoy El País:

Muchos se quejan de que Twitter o Facebook son comunidades artificiales, sucedáneos de la interacción humana cara a cara. Yo celebro estas comunidades artificiales; te permiten escapar de tu lugar asignado en la sociedad.

Vivimos una época que promueve los sueños tecnológicos más delirantes, pero no quiere mantener los servicios públicos más necesarios.

El capitalismo actual se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos.

Me opongo por completo a lo que suele llamarse estilo de vida ecologista. Hablo de la gente que recicla, tiene paneles solares y compra comida orgánica. Leí hace poco un informe que demuestra que si todos siguiéramos esas pautas de consumo provocaríamos una catástrofe, ya que los artículos ecológicos son mucho más caros de producir.

Hay que ser más hedonistas. El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto.

Los capitalistas actuales son fanáticos religiosos que defienden sus beneficios aunque traigan la ruina para millones de personas.

Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.

En Occidente queremos libertad y dignidad, pero estamos dispuestos a abolirlas en nombre de esa misma búsqueda.

"Aquí la situación es catastrófica, pero no seria". Esta última frase define nuestra época.

El problema de acceder a múltiples servicios digitales

Recibo un mensaje de Mapfre, compañía de la que soy cliente, invitándome a adherirme a su Oficina Internet. El tema consiste básicamente en poder gestionar a través de internet los productos que uno tiene contratados. El servicio es gratuito. Como usuario habitual de internet, la idea me convence e inicio el procedimiento de alta.

El problema se presenta cuando llego al punto en el que debo establecer la contraseña de acceso: tiene que tener entre 6 y 8 caracteres. Esta restricción no es compatible con mi lógica de establecimiento de contraseñas. Y es importante tener unas normas así, porque si no, es imposible acordarse de todas las contraseñas de los innumerables servicios que utiliza un usuario habitual de internet como yo. Por este motivo, declino la invitación. Vuelta al siglo XX: correo postal y teléfono.

No es la primera vez que tengo este problema. Y ya he probado varias soluciones: un fichero que almacena identificadores de usuario y contraseñas, un sistema en base a cuatro contraseñas según diferentes niveles de seguridad, una aplicación que almacena  identificadores de usuario y contraseñas y, finalmente, una lógica para establecer contraseñas. Ninguno es perfecto pero al final me he decantado por este último como el menos malo. Incluso aunque tenga que renunciar a servicios como el que me ofrece Mapfre.

Me parece triste e ilustrativo que incluso un usuario habitual de internet como yo, con total vocación de utilizar servicios digitales, renuncie a algunos de ellos. Por eso me permito hacer tres recomendaciones a los proveedores de servicios digitales con relación a los mecanismos de acceso:
  • Adoptar el acceso mediante certificados digitales, en particular el DNI electrónico. Obviamente para que ésta sea una solución óptima, el software del DNIe debería ser mejorado (¿para qué es necesario introducir tantas veces la contraseña? ¿que es eso de tener que elegir entre dos certificados?) y adaptado a todos los navegadores de uso común.
  • Adherirse a servicios como Metaposta (www.metaposta.com) que permiten hacer llegar al cliente y almacenar de manera segura comunicaciones y todo tipo de documentos digitales. Si puedo elegir el banco en el cual domiciliar los pagos, ¿por qué no puedo elegir mi proveedor de comunicación y almacenamiento digital?
  • Flexibilizar las normas para el establecimiento de contraseñas. Poner mínimos, siempre que no sean exagerados, tiene sentido. Pero ¿a qué viene limitar el techo de la seguridad? ¿Qué problema hay si prefiero utilizar contraseñas de más de 8 caracteres?

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Consultor y cooperativista. eGovernment & OpenGovernment.

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